13 Septiembre 2009
Rondaba el reloj las ocho de la tarde y aquí, en este sur de interminable sol, el viento estremecía los papeles de la habitación, como si quisiera volar las palabras de las hojas o traer otras más adecuadas, tal vez, de tinta azul. Llegan ahora esos días que la tradición o los mayores han llamado entretiempo, que bonita palabra, es como un espacio aparte de esa línea continua, en el que la incertidumbre se escribe con mayúsculas y puede pasar, casi, de todo. Esta tarde sin duda, ha sido entretiempo, los murciélagos volaban antes de tiempo, el viento traía algo de calor, y el agua flotaba en todas las cosas, algunos se abrigaban y otros preferían quitarselo todo. A mí me ha dado por acordarme de viejos días abiertos a la rutina en los que bebía café doble, mientras me veía caer en unos ojos que jamás volveré a ver. Los días se escribían con versos o entre cinco líneas y de vez en cuando volaba al mar azul de la inconsciencia para hayarme otra vez, perdido, pero más que nunca siendo yo. Han pasado las tardes, algunas personas, he pasado yo y eso me deja con una sensación bastante extraña. No se muy bien a dónde me dirige este entretiempo, pero se que no me lleva allí, y eso, para un nostálgico como yo duele. Pero como siempre habrá que seguir remando para volver a mi isla, puede que allí alguien, aún, me espere.
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8 Septiembre 2009
Una caricia sobre el océano, un gesto que me haga cerrar los ojos de esta ciudad, de tanta cafeína. A veces pienso que al doblar la esquina me encontraré con dunas de arena caliente y una gaviota que me avista cómplice en su vuelo sostenido. No, no he tenido vacaciones, pero no me ocurre esto sólo en tiempos de estío. Siempre he querido escaparme en pleno invierno, en esos días grises, poblados de caminantes cabizbajos, cuando el diente de león en la ensalada no es lo más amargo. Nos resguardamos en un cierto sonambulismo y hacemos equilibrio sobre las paredes de edificios para no tropezarnos con el paraguas de enfrente o para que el viento no nos lleve a su lecho, entonces levanto mis ojos y espero que en el próximo giro, aparezca la misma lluvia púrpura cayendo sobre mojado, destacando más si cabe el blanco derramado en la arcilla. Cualquier hueco abierto en esa pared continua, es visto como una salvación, un portal, un bar o incluso un banco, ya mismo cobrarán hasta por eso. Preferiría saltar de paraguas en paraguas, cuidando de no darme en algún dintel creo que sería más seguro que ir esquivando alambres o personas, porque en realidad de qué nos resguardamos en invierno. Es curioso como nos ponemos a cobijo de la lluvia y acudimos en masa a dorarnos al sol, cuando el primero está mucho más cargado de vida y es, cada día, más necesario que el astro rey, pero será eso de buscar el calor como algo casi inevitable. Es cierto que la mañana que uno se levanta con Freud en la cabeza, la lluvia podía caerle a otro, pero eso no es motivo para aborrecer ese refresco. Con gotitas o sin ellas, el hecho de aproximarse a una esquina, es como ir a un precipicio, no sabes que hay detrás, da igual que vaya uno con prisa o sin ella, es toda una lotería que algunos entenderán como casuística -los descreídos y los frikis-, otros como destino -románticos y religiosos- y los que lo vean como una devacle -pesimistas,conservadores, existencialistas...- además del que lo ve como una oportunidad de algo -ese sería un amigo, creo que es el único. De vez en cuando sucede que estás próximo y piensas ¿habrá alguien ahí detrás?, pero sigues, por que eso sí egoístas un rato, nadie interrumpe ese ritmo frenético que llevamos, y cuando ya se ve qué hay más allá, nos damos cuenta que hay vida y rápidamente esquivamos y continuamos pidiendo perdón, porque por escasos dos segundos no se ha estampado nuestra cara de frente con alguien. Entonces piensas, absurdamente qué hubiera pasado si hubieras llegado dos segundos más tarde, pues claro, te la abrías llevado por delante, acto seguido recapacitas y piensas que depende quien hubiera detrás, pues desearías haberte dado de bruces con la otra persona y, lógicamente maldices, esta vez, a tu mala fortuna. Siempre utilizamos el azar para nuestra conveniencia, pero para bien o para mal, el azar sólo depende de sí mismo. Si uno lo piensa las esquinas son un buen lugar para encuentros, para ver aquello que te impide esa calle estrecha por la que vas, para quedar, acordarte de algo o alguien, por el simple hecho de transgredir la línea recta que llevas hasta ahí.
Ah! pero eso sí, que sean esquinas en ángulo recto, porque las esquinas redondeadas no las soporto, es como introducirse en un laberinto o una película de miedo, cuando la empiezas, parece que no acaba, y comienzas a caminar sin darte cuenta más y más rápido con el simple deseo de acabarla y parece no tener fin, pero cuando llegas, plaf! ahí está tu sorpresa.... o es un golpe de narices, o es una calle sin sentido alguno.
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17 Julio 2009
Una vez dije, que "verte con ojos de transparencia produce la incomodidad del que se sabe portador de verdes quimeras" o algo así, era más largo. Antes decía tantas cosas y ahora, sin embargo, no digo nada, tampoco se me escucha, será que grité demasiado... pronto. Nada tiene importancia, esto es fácil si se piensa en la casualidad, en su tremendo efecto, que es verdadero, aunque yo, con vestigios de aquel joven romántico que fui, no se lo dejo todo a ella, la culpa siempre es compartida, quizás su partener sea el destino. Algún viento del pasado nos quiso reunir para que cometieramos los mismo errores, el mismo abrazo partido, la mediana brillantez del instante, la torpe y falsa promesa de futuro... Podría ponerle poesía o cine, como un viejo amigo, al asunto, y decir que todo era azul, que todo se redujo a dos focos de luz, pero no es así.
Es tremendamente triste, cuando el ser humano piensa, por propio ego, como siempre, que cambia, que evoluciona y esto es conditio sine quanon que es a mejor, que mejora, se perfecciona, y algo hay en lo más profundo, como si fuera el ADN de la genética, que nos hace seguir siendo los mismos, y para algunas cosas, sin sabero, tampoco deberíamos cambiar, pero lo hacemos por vanidad. Por que nos parece imposible seguir siendo tan frívolos o inocentes, nos parece impensable ser los mismos para cometer los mismo errores, y cambiamos, para cometer otros.
Pero olvidenlo, esto es solo el parafraseo de un lunático que ha empezado a colgarse máscaras para no conocerse y los demás tampoco. Alguien que no sabe escribir pero sí de literatura, me dijo que divagar cansa, que hay que tener una buena historia, y es cierto. Perdonen que les haya hecho perder el tiempo.
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15 Junio 2009
Desde todas las partes del cristal empiezan a brotar las dudas, corren por todo él, buscando saltar fuera, a mí, lo surcan moldeándolo a su antojo y desconozco si estoy despierto o es el sueño que me despierta. Incluso vestido, es enfrente de un espejo cuando empiezo a sentirme más desnudo que nunca, nadie después de mil conversaciones con sabor a café me dejará tan analizado como yo mismo. Se convierte casi, en una operación de cirugía, empiezo despacio, con la superficie de las cosas, pero algo me dice que hay que cavar sobre la piel, al menos un poco, no puede ser tan fácil, pero tampoco es y sigo escarbando con hincapié, algo me lleva a otro asunto y continuo con perseverancia, debe ser importante lo que busco, si llego incluso, de vez en cuando, a raspar porque me hiere y luego arranco los músculos para ver si lo elimino por completo y resulta que acabo por meter los dedos para extraerlo por fin y dejarlo entre cansancio y sudor delante de mis ojos, ahí está, eso era lo que me hacía polvo por dentro, parece que baila sobre ese azul cristalino para mi deleite. Una intervención dura, pero exitosa, entre tanta cosa ahí estaba molestando, como una luz recién despierto.
Pero una ligera de extrañeza me cruza mojado en agua, es el que está al otro lado quien siente alivio, creo que se ríe de alguna cosa, me da igual que se aleje no le conozco. Desde este lado lo único que alcanzo a percibir es una sensación de vacío, he arrasado con todo para llegar al centro y en este instante no puedo reconocerme ni tampoco reconstruirme.
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20 Abril 2009
A sorbos de té rojo dibujo las escasas flores del jardín que sobreviven a la primavera. Ya no escribo haikus, ahora prefiero dormir entre las esbeltas cañas de bambú, bajo el aire fresco de una tarde de otoño. A lo lejos una flauta trae mensajes más alagadores que una bandada de garzas. Se que un día volaré extendido tras sus plumas al norte, pero no será en esta estación. Los campos de arroz se preparan para las lluvias y yo para inundarme hasta las rodillas mientras dejo caer los granos entre mis dedos. Cuando recoja los últimos frutos el penúltimo día en el sexto mes, entonces no me quedará otra cosa mas que partir.
Nadie espera, pero después de tantos años, mi corazón se ha debilitado por avatares que le han sobrevenido o por tantas estaciones conocidas. Con estos años se me hace difícil, ir a dónde nunca he estado, ver a quién nunca he visto, pero me he inundado como estos campos, ya no queda nada, más que el rumor tenue del agua contracorriente. Mis manos arrugadas tiemblan cada vez que quebrantan el equilibrio, apenas sujetan el montón de papeles olvidado de los cajones, los retratos de quienes no están o parece que se han marchado. Uno debe saber el momento en el que tiene que alejarse de todo, y......y no volver.
Mi padre me revelaba esto mientras yo le miraba incrédulo alejarme otro amanecer camino del norte, como mi hijo lo hizo de mí. Los años no cambian y quizás nosotros tampoco. Cierto es que se me hace un nudo en la garganta, pero no podemos cambiar lo que no nos está permitido. Más allá de cualquier razón uno sabe en lo profundo del ser que no hay otra vía. Mis ojos no ven lo que quieren ver, se agudizan buscando paisajes que se quedan en reflejos del sol dorando los tejados de las casa o quemando las montañas que perfilan el horizonte.
Tras la ventana no quedan garzas ni tarde, la noche acoge a los hijos perdidos. Queda poco té, pero se ha enfríado, mejor será que ultime los preparativos para mañana y que rece intentado creer otra vez. Antes cerraré la ventana, fuera también hace frío.
El calor del hogar es ajustar bien el haori al cuerpo.
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26 Marzo 2008
Detrás del mar una ventana abierta
esconde los secretos de la musa
dormida sobre pétalos nevados.
Perdido, la encontré saltando puentes,
se la llevaron lejos de las olas
que no mueren en playas de este sur.
Hay cauces que no llevan a la orilla
sin embargo tu pulso empuja al cuerpo
buscando arenas blancas sin reloj.
Deshojaste los libros con historias
y cuentos que olvidé cuando tu luz
dio sentido a las horas de tu ausencia.
Quiero volar contigo sobre versos
que cantan al azahar que no ha nacido,
mientras lloran azul cristal las noches
porque yo soñaré mañana ciego.
No esperaré a ver álamos desnudos
tampoco quedará frío el café,
mis alas cederán al sol funesto
por no llevarme tranquilo a tus brazos.
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5 Enero 2008
Uvas al sol.
en los hombros la escarcha
de mi recuerdo.
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27 Noviembre 2007
Un hilo de frío recorre mi pierna hacia arriba cuando pongo los pies en el suelo al bajar de la cama. Son las siete de una mañana rutinaria, vacía de sentido pero llena de actos sociales. Dicen que en el sur no hace frío, pero lo dice alguien que no vive aquí, estúpidos tópicos. Acercando las manos al agua del lavabo medio me he despertado y cuando sumerjo mis ojos y mejillas en el cristal del espejo veo que ya quedan pocos sitios en mi cuerpo que queden por congelar. Pero descuida hay que levantarse con buen humor. Un café es lo más caliente que tengo después, claro está, de ponerme una camisa de algún material sintético que sólo aporta incertidumbre sobre su calidad, pues me ha dejado la piel de gallina, menos mal sólo es en el primer instante, que suele prolongarse diez minutos, y es que la cuestión del tiempo siempre fue relativa. El mármol de la escalera, la encimera, el gres, casi me convierte en otro David, menos efébico y apuesto pensará cualquier crítico, al que luego arrojaría la ansiada piedra. En el resto de habitaciones el aire que se respira es de montaña y como Pigmalión parece que todo lo que toco se vuelve de hielo. Al llegar a la puerta de la calle, noto que ha dejado pasar muñecos de nieve a pesar de estar cerrada, no me lo explico, se supone que no me pueden robar, pero se han llevado el calor. Al abrir me sacuden en la cara, no se quién es, era casi invisible, se ha marchado rápido y me ha dejado o más espabilado o más aturdido depende de los sueños de esa noche. Ya en la calle, tengo la sensación de llevar una película de niebla delante de mi boca, castigo mítico que regresa en cada respiración y se marcha entre suspiros. Pero nada -o casi nada, creo yo- es eterno, y el frío, compañero de citas invernales mengua, gracias a la calefacción del coche, que aporta su momento primerizo de helor en el asiento, tras las ventanillas. Una camiseta interior, un jersey, un abrigo, guantes y una bufanda, para que luego critiquemos la moda de otros siglos hiperbólica en accesorios, corsés y demás. Una superposición de elementos que parece querer enterrar para siempre cualquier sensación de frescor. Ya en el trabajo las calefacciones, las máquinas, los cuerpos, -algunos sobre todo- son continuos rescoldos de caldera que alimentan los delirios físicos fruto de la condensación.
Pero algo es imperfecto, porque sigo sintiendo frío, cuando regreso a casa, corriendo, pensativo después de toda la mañana de trabajo, incluso de la tarde con otros avatares, y se repite día tras día, y a pesar de tanto algodón, punto, el frío se ha recogido en un punto y me hace vulnerable desde dentro. Decidí por tanto, llegar a casa, y en mi dormitorio sin más empecé a quitarme capas, agitado, convulso por saber de dónde viene, una tras otra las arrojaba fuera de mí, sin moverme del sitio, en cada una notaba el calor de la piel, pero seguía despojándome de todo, hasta que quedé completamente desnudo, sentado en la cama, notando ese último resquicio helado que no había logrado eliminar de mí. Cansado por tanta energía, me resguardé debajo de las sábanas y mantas de mi cama, con la esperanza de olvidarlo en algún sueño. Pero ese frío no lo puedo eliminar, está ahí, dentro, resguardado del calor, en el centro de mí. Me atrapa desde su pequeñez, me angustia en el tiempo, es como ese subconsciente que no olvida, son palabras del pasado que siempre vuelven, es la sensación de helarme cada día un poco más sin tener remedio. Aunque ya lo asumo con resignación, no dejo de preguntarme cuándo dejaré de sentir frío.
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