En el sur también hace frío
Un hilo de frío recorre mi pierna hacia arriba cuando pongo los pies en el suelo al bajar de la cama. Son las siete de una mañana rutinaria, vacía de sentido pero llena de actos sociales. Dicen que en el sur no hace frío, pero lo dice alguien que no vive aquí, estúpidos tópicos. Acercando las manos al agua del lavabo medio me he despertado y cuando sumerjo mis ojos y mejillas en el cristal del espejo veo que ya quedan pocos sitios en mi cuerpo que queden por congelar. Pero descuida hay que levantarse con buen humor. Un café es lo más caliente que tengo después, claro está, de ponerme una camisa de algún material sintético que sólo aporta incertidumbre sobre su calidad, pues me ha dejado la piel de gallina, menos mal sólo es en el primer instante, que suele prolongarse diez minutos, y es que la cuestión del tiempo siempre fue relativa. El mármol de la escalera, la encimera, el gres, casi me convierte en otro David, menos efébico y apuesto pensará cualquier crítico, al que luego arrojaría la ansiada piedra. En el resto de habitaciones el aire que se respira es de montaña y como Pigmalión parece que todo lo que toco se vuelve de hielo. Al llegar a la puerta de la calle, noto que ha dejado pasar muñecos de nieve a pesar de estar cerrada, no me lo explico, se supone que no me pueden robar, pero se han llevado el calor. Al abrir me sacuden en la cara, no se quién es, era casi invisible, se ha marchado rápido y me ha dejado o más espabilado o más aturdido depende de los sueños de esa noche. Ya en la calle, tengo la sensación de llevar una película de niebla delante de mi boca, castigo mítico que regresa en cada respiración y se marcha entre suspiros. Pero nada -o casi nada, creo yo- es eterno, y el frío, compañero de citas invernales mengua, gracias a la calefacción del coche, que aporta su momento primerizo de helor en el asiento, tras las ventanillas. Una camiseta interior, un jersey, un abrigo, guantes y una bufanda, para que luego critiquemos la moda de otros siglos hiperbólica en accesorios, corsés y demás. Una superposición de elementos que parece querer enterrar para siempre cualquier sensación de frescor. Ya en el trabajo las calefacciones, las máquinas, los cuerpos, -algunos sobre todo- son continuos rescoldos de caldera que alimentan los delirios físicos fruto de la condensación.
Pero algo es imperfecto, porque sigo sintiendo frío, cuando regreso a casa, corriendo, pensativo después de toda la mañana de trabajo, incluso de la tarde con otros avatares, y se repite día tras día, y a pesar de tanto algodón, punto, el frío se ha recogido en un punto y me hace vulnerable desde dentro. Decidí por tanto, llegar a casa, y en mi dormitorio sin más empecé a quitarme capas, agitado, convulso por saber de dónde viene, una tras otra las arrojaba fuera de mí, sin moverme del sitio, en cada una notaba el calor de la piel, pero seguía despojándome de todo, hasta que quedé completamente desnudo, sentado en la cama, notando ese último resquicio helado que no había logrado eliminar de mí. Cansado por tanta energía, me resguardé debajo de las sábanas y mantas de mi cama, con la esperanza de olvidarlo en algún sueño. Pero ese frío no lo puedo eliminar, está ahí, dentro, resguardado del calor, en el centro de mí. Me atrapa desde su pequeñez, me angustia en el tiempo, es como ese subconsciente que no olvida, son palabras del pasado que siempre vuelven, es la sensación de helarme cada día un poco más sin tener remedio. Aunque ya lo asumo con resignación, no dejo de preguntarme cuándo dejaré de sentir frío.


jotatrujillo dijo
Acabo de leer tu escrito y un temblor ha sacudido mi espalda. En la habitación done estoy no hace frío, entra un sol reparador por la ventana, pero a pesar de ello he puesto en marcha la calefacción.
Me temo que ese frío del que hablas tiene mas que ver con la soledad que con la temperatura.
En esa cama fría donde te acuestas solo, si eres capaz de unir tu cuerpo desnudo con otro que te atraiga, ese frío desaparecerá.
Saludos.
28 Noviembre 2007 | 12:29 PM