Días que pasan como una manada de elefantes
Ahora quieres que sea más rápido, pero dentro de unos meses más lento, deseando que pase para encontrarte o que se detenga porque no queremos terminar lo que empezamos esa noche. Pero nunca hará lo que queramos, más bien, sigue y seguirá siendo al contrario, nosotros estamos sometidos a su voluntad o a los caprichos y discutibles obligaciones que nos impone el ser social que nos disecciona las horas de los días. A veces le pondríamos más horas a la jornada porque nos falta para seguir haciendo cosas, para llenarnos por dentro o para dejar acabada esa dichosa tarea.
Y él, nos mira y pienso sonríe, impasible, mientras nosotros jugamos a ver como cubrimos cada uno de sus minutos o como lo empleamos para ser más eficaces sin darnos cuenta que nunca perdemos el tiempo, en el sentido más literal, por leve que sea lo que hacemos. Sirve de excusa para quejarnos de cuánto trabajamos o de que se nos pasó porque estábamos de cañas.
Para él van todas las culpas, y él solamente está ahí, o no, porque nadie sabe cuánto mide o dónde empieza ni acaba, quizás es mejor comenzar a concentrarse en que solamente está ahí, que cumplimos con él y él con nosotros. Estoy seguro que algo le duele que encima pensemos en la eternidad, que eso sí es mucho más difuso y nadie ni siquiera se ha atrevido a encerrarla en cristal.
Yo, intentaré pensar, que si le pido ayuda está ahí porque al tiempo, tiempo le pido y el tiempo, tiempo me da, que por muy mal que vayan las cosas al mal tiempo hay que ponerle buena cara para que sea menos, que por mucho que acelere las cosas no por mucho madrugar amanece más temprano y que no hay mal que cien años dure ni cuerpo que lo resista, y muy pronto volveré a verte.
